“No somos histéricas, somos históricas”.  #8M

Crónicas Peregrinas

Claudia Constantino

La plancha del zócalo capitalino está abarrotada de mujeres, pero también lo está la alameda central y sus calles aledañas, el monumento a la revolución, la calle de Hidalgo, la de Reforma. Los contingentes de mujeres que marchan juntas son incontables, enormes y organizados. Hay madres marchando a lado de sus hijas; y las que marchan por sus hijas asesinadas. Hay hombres, pocos, con pancartas que rezan: “marcho por mi hija porque Ella ya no puede”.

Los gritos y las consignas no paran: “yo sí te creo”; “ni una más”; “se va a caer; se va a caer, el machismo se va a caer”; “somos malas, podemos ser peores, y al que no le guste, se jode, se jode”. Aplausos, gritos de guerra, aullidos, matracas, panderos. Las voces unidas de miles de mujeres explotan en las calles y exigen que las dejen de matar.

Marcharon mujeres en sillas de ruedas, en muletas, con sus perros guía, con cubre bocas. También estaban las abuelas, las tías, las observadoras internacionales, las personajas, las famosas; las antes invisibles; las que solían ser mudas; las que vivían con miedo. No faltaron las empleadas, las ejecutivas, las universitarias, las que viven de noche, las artistas, las músicas, las que escriben. Quienes fueron rivales hoy son hermanas. Las que competían, se han unido para protestar contra el sistema judicial que las ha desamparado, por lo que la impunidad de los feminicidios ha alcanzado cifras vergonzosas.

Un grupo de mujeres policía miran con atención pasar la marcha, una chica les pide permiso de hacerse con ellas una foto.

  • Posen como la autoridad. Pide la chica
  • No somos autoridad, somos mujeres. Responde una de las policías.

Sus rostros reflejan la impotencia de querer estar marchando, pero la necesidad de estar del otro lado.

Las mujeres barrenderas, esas a las que muchos compadecen en las redes sociales, escoba en mano, respondían a los saludos de las mujeres que marchaban con una sonrisa, el puño en alto o el pulgar arriba.

El sol corona el cielo de la ciudad de México. Abajo, en el corazón del país, la marea morada es flanqueada por las jacarandas a tono. Esta primavera es de las mujeres mexicanas. Han perdido tanto, que como dicen sus pancartas ya hasta el miedo les quitaron.

Por los megáfonos piden respeto a las diferentes formas de manifestarse. En el templete frente a palacio, varias cuentan sus amargas experiencias de violencia y degradación. Hoy ninguna está sola. Hoy ninguna está avergonzada. Hoy ya no se siente el miedo. Son una manada, que de pronto, pudo verse a sí misma y se descubrió grande y poderosa.

Este día no es la meta, es tan solo el punto de partida. Ya no se aceptarán disculpas, omisiones, verdades a medias, cifras maquilladas, simulaciones, ni más injusticias. El sistema mexicano tendrá que responder porque para eso están todas las mujeres mexicanas unidas.

Marcharon en veintiséis estados del país. Marcharon en muchos otros países del mundo. Los siglos de horrores llegaron a su fin. La edad oscura para las mujeres de todo el planeta se acabó.

De los gritos de hoy pasaremos al silencio de mañana nueve de marzo. Del silencio temeroso han saltado juntas para convertirse en un implacable interlocutor. No hay líderes. No hay cabecillas. No hay partido político. No hay religión. No hay sino la decisión de cambiar todo lo que no funciona y permite el abuso sistemático e imparable de la sociedad contra las mujeres.

Hoy las mujeres en México han hecho historia. Lastimadas, mutiladas, humilladas, ignoradas por muchas décadas, se unieron al fin y descubrieron su fuerza y la despegaron en un día sin precedente y que se quedará en la memoria de generaciones como un día grande. Como un Gran Día Internacional de La Mujer.

 

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aerodita_constantino@hotmail.es


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