Dudar de la democracia, dudar de los demócratas.

La ingenuidad de los pueblos ha sido aprovechada por autócratas para colarse al poder. Dudar del gobernante, dudar de sus intenciones, dudar de la finalidad de sus actos, es una de las lecciones que más se repiten en la historia del poder político (NIGEL CAETHORNE, Edit. Tomo, México, 2013). En pleno 2019, la ingenuidad y la ignorancia no son condiciones propias de nuestro país.

La duda cartesiana o la duda metódica, ha sido uno de los planteamientos filosóficos que más y mejores aportaciones genera en la ciencia. Las investigaciones producidas a partir de la duda sobre algunos dogmas, nos ha llevado a producir progresos, o al menos algún movimiento en sentido aclarador. La idea de la duda metódica es uno de los pilares del conocimiento científico y forma parte de la cultura occidental desde el siglo XVII.

Muchos años antes, unos 30 años antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, Cayo Octavio Taurino o Cayo Julio César Octaviano, resultó ganador del enfrentamiento entre generales romanos, conocido como “segundo triunvirato”, una dictadura militar ejercida por tres generales. Después de “restaurar” las instituciones republicanas de Roma, este personaje se convirtió en el primer Emperador, título que nunca quiso, pero que la historia le asigna por su perfil autócrata, las funciones que realizaba y el territorio que dominaba. Octaviano terminó convirtiéndose en uno de los tiranos más famosos de la historia. El mundo occidental apenas comenzaba a existir y las lecciones apenas se estaban escribiendo. ¿Hizo falta dudar?

Muchos años después, aquí en América el dominio por la fuerza de la cultura Mexica sobre el resto, fue el germen de la alianza entre españoles, totonacas de Cempoala, los tlaxcaltecas, y habitantes de Cholula, para derrocar al imperio Azteca. En lugar de aliarse para comenzar una guerra de liberación, sin saberlo se unieron a una guerra de conquista, en la que los aliados también fueron conquistados. El periodo colonial en México, ejercido por la corona española fue en muchos sentidos una tiranía. De esa alianza se desprendió una lección duramente vivida por el continente durante más de un siglo. ¿Hizo falta dudar?

Para cuando Augusto ya había amasado el poder imperial, era demasiado tarde. Para cuando los aliados de los españoles se dieron cuenta que habían sido conquistados, también. Ambos casos tienen en común el malestar generalizado previo y la aparición de un autócrata que prometió “liberarlos” o restaurar las libertades. Tal vez, si Descartes fuese un filósofo de la época Socrática o Aristotélica, la duda metódica hubiese sido parte de la formación de la élite política romana y habrían hecho algo por detener a Octaviano. Tal vez si Descartes hubiera sido un famoso poeta o científico de la lengua totonaca o náhuatl, la guerra no habría sido de conquista. Pero ni unos ni otros conocían a Descartes, dudar como método para el conocimiento no formaba parte de la cultura Romana, ni de la cultura Mesoamericana.

En filosofía, para Descartes pensar y dudar son requisitos mínimos para comprobar la existencia del sujeto; del ser. Un sujeto que no duda y que no piensa, simplemente no es un ser, sino un simple objeto inerte e inconsciente, biológicamente vivo, filosóficamente muerto. En concordancia con esto, la idea moderna de democracia está construida sobre la base de la desconfianza, de la duda metódica en los gobernantes, y especialmente en los “libertadores”, precisamente porque los discursos libertadores han sido el origen de varios desastres y esto es una lección que la historia no se cansa de repetir. 

Dudar del que aspira o del que gobierna es un requisito indispensable para la construcción de una democracia. En Roma y en México, por no dudar, por no pensar, por no existir en la concepción cartesiana, un autócrata oportunista se hizo con el poder a través de los caminos de sus tiempos para iniciar periodos negros en la historia de grandes civilizaciones. En Roma el medio de acceso fue la guerra. Al menos en Venezuela, Estados Unidos y Bolivia de nuestro tiempo, el camino han sido los votos. Así como Roma es la cuna de occidente, México es la cuna de Mesoamérica y esto debe servir de advertencia: la grandeza de la historia, ser la fuente de la cultura de un continente, la extensión territorial, la entropía social y la democracia formal no son infalibles contra el autoritarismo.

Dicho esto, se puede afirmar que, a nosotros, la historia de nuestro tiempo no nos juzgaría por nuestra ignorancia, sino por nuestra indolencia. Sabemos que mediante los caminos de nuestro tiempo, y advertidos por varias señales, un autócrata ocupa la magistratura más alta del país, y que la ausencia de duda y de límites sobre estos personajes, en otros tiempos y en otros lugares fue la antesala de problemas graves que duraron muchos años. Estos problemas, a veces duraron décadas como en Roma, Venezuela y Bolivia; a veces siglos como en Mesoamérica del siglo XVI al XIX. En este momento, no se puede prever cuánto tiempo durará en el poder. Aún antes de tomar posesión del cargo a través de un video confesó haber engañado a todos: “una cosa es lo que se dice en la campaña, y otra cosa es ya, el ejercicio del poder”.

Hay quienes opinan que, esto dura un sexenio y que es momento de pensar en que va a pasar después del 2024. Difícil saberlo. En cualquier caso, habrá que (re)construir, inventando las piezas de un país que reconocemos más en nuestro ideal democrático que en nuestra historia. Pero antes de que eso pase, hay que formar cultura democrática que tenga la idea clara de lo que es un autócrata, para no volver a elegir a uno. Para eso hay que iniciar fomentando en uno, y en los demás, el hábito y requisito básico de la existencia cartesiana, el hábito y requisito básico de la democracia moderna: Pensar y dudar de los gobernantes, se llamen como se llamen, vengan de donde vengan.

Hector Hugo Viveros

Héctor Hugo Viveros G. Saldaña

Lic. en Derecho

Catedrático de la Universidad Veracruzana

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